Congreso Nacional para hacer la Constitucion de Apatzingan

En este artículo tratamos de analizar con detalle y aportando nuestra información recabada en diversas fuentes históricas, como fueron los hechos que dieron como Origen la Constitución de Apatziangan.
En este artículo tratamos de analizar con detalle y aportando nuestra información recabada en diversas fuentes históricas, como fueron los hechos que dieron como Origen la Constitución de Apatziangan.

 

La descarga disparada en Lexington resonó en todo el mundo marcando el principio de la revolución democrático-liberal que, por más de un siglo, derrumbaría tronos, destruiría imperios coloniales y crearía nuevas naciones.

La primera ola de este gigantesco movimiento, es la Guerra de Independencia Norteamericana, apenas tocó las costas de la región vecina: el Reino de la Nueva España.

Robert Y. Palmer, un notable historiador comenta en “The Age of the Democratic Revolution«, que halló solamente un pequeño trabajo de esa época, en idioma español, sobre la Guerra de Independencia Norteamericana, y no hay indicios de que la Noticia del establecimiento y población de las colonias inglesas en la América meridional, de Francisco C. Álvarez, publicada en Madrid en 1778, hubiese sido conocida en las colonias españolas.

Sin embargo, no hay duda de que los mexicanos instruidos de esa época estuviesen al tanto de la Revolución Norteamericana, ya que José Antonio Rojas, clérigo y profesor de matemáticas en Guanajuato, huyó a la joven república del norte y desde ahí, exhortó a sus compatriotas a seguir el ejemplo de sus vecinos anglosajones.

Nadie escuchó los exhortos de Rojas y España siguió dominando fuertemente sus colonias.

Época donde se trata de formar con Congreso Nacional en México foto data del siglo XIX

La Revolución Francesa, segunda oleada de esta gran marejada, tocó con mayor fuerza las costas de la Nueva España y de otros virreinatos. Muchos criollos conocían el francés, mientras que muy pocos leían el inglés.

Apareció en el Nuevo Mundo la traducción de los Derechos del hombre, de Rousseau, y los nombres de Voltaire,Diderot y Montesquieu no eran desconocidos entre las clases educadas, a juzgar por la frecuencia con que se les condenaba en sermones, libros y proclamas reales.

Con la violenta expulsión y persecución de los franceses residentes en la ciudad de México, en su mayoría barberos, peluqueros, sombrereros, perfumistas y artesanos, los capitalinos comprendieron que algo grave acontecía al otro lado del mar.

Pero las noticias que llegaban sobre el Reinado del Terror eran más para desalentar que para fomentar ideas de rebelión contra España.

El oleaje de la revolución amainó de 1775 a 1808, y mientras Europa se embrolla en la guerra, América permanece al margen de la tormenta.

La tercera oleada de la era revolucionaria, resultado del intento de Napoleón de asegurar el mundo para los Bonaparte  -especialmente al colocar a su hermano José en el trono de España-  sí produjo fuerte conmoción enlas colonias españolas.

Ya no se trataba de aguas revolucionarias lamiendo mansamente las costas de Nueva España y Nueva Granada; de los virreinatos del Perú o de la Plata. Para enfrentarse a esta manifestación de la tormenta universal no bastaban ya las advertencias, ni los inquisidores, ni los celosos funcionarios reales a caza de algún criollo radical o de un francés sospechoso.

Porque de repente, la revolución arrojó del trono a Carlos IV y luego a su hijo y sucesor, Fernando VII. Sin tener tiempo para preguntarse si habían alcanzado la madurez política, los habitantes de las colonias españolas se sintieron huérfanos.

Nada cambió con las revoluciones americana y francesa, pero al usurpar Napoleón el trono de España, todo cambió. La forma en que los habitantes de Nueva España reaccionaron al romperse abruptamente el lazo que unía a España con su Imperio, (desde mi punto de vista) así como el inicio del movimiento mexicano de independencia.

Las proposiciones para un Congreso Nacional en México año 1808

Sería exagerado pensar que las colonias gozaron de ininterrumpida paz y tranquilidad durante tres siglos, pero nada de lo sucedido antes de 1808 iguala la confusión y la efervescencia que produjo la noticia de la abdicación de los Borbones y del levantamiento popular español contra los invasores franceses.

Estos inesperados y sensacionales sucesos sacaron inmediatamente a luz las profundas diferencias entre los peninsulares, como se llamaba a los españoles, y los criollos.

Para los peninsulares fueron desastrosos, ya que su elevada posición el favoritismo y la riqueza de que disfrutaban en el nuevo mundo dependían de la madre patria.

Para los criollos, en cambio, la caída de los Borbones fue propicia. Siempre resintieron que se les excluyera de los altos puestos y ahora, por primera vez en 300 años, se les presentaba la ocasión para exigir una voz en el gobierno y, en caso de que Napoleón triunfara en España, podrían romper los lazos con la madre patria.

En México, como en toda Hispanoamérica, los criollos tomaron inmediatamente la iniciativa, encontrando vocero y guía en los concejos municipales: los Ayuntamientos en México y los cabildos en Sudamérica.

Únicamente dentro de estas instituciones locales predominaron los criollos durante toda la dominación española. Los ayuntamientos, que desempeñaron tan importante papel durante la conquista, decayeron en los siguientes siglos hasta convertirse en organismos administrativos y ornamentales, para resurgir inesperadamente en 1808.

La noticia de la abdicación de Fernando VII llegó a Nueva España el 14 de julio de 1808. No cayó otra Bastilla ese día, pero días después el concejal Juan Francisco Azcárate y el síndico Francisco Primo Verdad, miembros del Ayuntamiento de la Ciudad de México, dirigieron al Virrey Iturrigaray una petición que, en el ambiente ultra-conservador de la Nueva España, era un atrevido gesto revolucionario.

Proponían nada menos que, en ausencia del Rey, la soberanía recayese en el reino y especialmente en las autoridades constituidas y en los ayuntamientos. Por lo tanto, continuaban, todos los nombramientos reales deberían ser reconfirmados, para lo que se reuniría una junta «con la que la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de México tendría una voz importante».

 

Junto con esta petición nació una idea de un Congreso Nacional objeto de este artículo, cuyo desarrollo y vicisitudes culminaron, en los días más negros de la guerra de independencia, con la proclamación de la primera Constitución de México.

La mayor parte de los historiadores enfocan la lucha de México por su independencia desde el punto de vista militar, pero las batallas ganadas o perdidas no nos explican la inestabilidad política que caracterizó a México después de su independencia.

Para comprender en parte al menos, algunas de las causas de esta inestabilidad, debemos examinar los obstáculos confrontados desde 1808 hasta 1820, en la tenaz lucha de México para obtener su propio gobierno y probarse a sí mismo y a los demás, su derecho y capacidad de autogobernarse.

Volviendo a 1808, debemos decir unas palabras sobre quiénes asumieron la dirección de los criollos, antes de discutir la reacción de los peninsulares ante el proyecto de una junta o congreso nacional.

Juan Francisco Azcárate y Ledesma, autor de la petición del 19 de julio de 1808, miembro del Ayuntamiento desde 1803, era un distinguido abogado de posición «desahogada», amigo personal del Virrey Iturrigaray. Era respetado por su concienzudo esfuerzo como secretario del Hospital de los Pobres;

Por sus esfuerzos en mejorar el abastecimiento de agua en la Capital; y por sus numerosas publicaciones en materia legal menos conocido era su colega Francisco Primo Verdad, recién elegido síndico de la ciudad y, sin embargo, popular entre el pueblo.

Como graduado del Colegio de San Ildefonso y miembro del Colegio de Abogados, formaba parte de la élite de la sociedad.

El tercer partidario prominente del Congreso Nacional era Fray Melchor de Talamantes, de la orden mercedaria.

Gozaba la estimación de “no pocos capitalinos”, como años después, reconocería Calleja de mala gana, por su erudición, su inteligencia y sus dotes de orador.

Llegó a México de Lima Perú, su ciudad natal, y, por influencia del Virrey Iturrigaray, fue censor del Diario de México y se le encomendó la compilación de una historia de los límites territoriales entre los Estados Unidos y la Nueva España.

Quizá porque Talamantes no tenía en México ni familia, ni fortuna que defender, fue el más audaz y ardiente campeón tanto del Congreso Nacional, como de la completa Independencia de México.

Menos radical en sus opiniones fue el cuarto y último miembro del partido criollo que abogaba por un Congreso Nacional, Jacobo de Villaurrutia, quien nació en Santo Domingo y vivió ahí y llego a México hasta los quince años.

Estudió leyes en España y después de fungir cinco años como corregidor letrado en Alcalá de Henares, volvió a América y sirvió como oidor en la Audiencia de Guatemala, una de las cinco Cortes de Apelación de la Nueva España.

En 1808 pasó a la Ciudad de México y fue miembro de la Audiencia como Alcalde del Crimen. En su calidad de detentador de uno de los más altos cargos otorgados a un criollo en América, Villaurrutia era sin duda el miembro más respetado de este mal consolidado grupo que proponía la creación de un Congreso Nacional.

Estos cuatro, apoyados y ayudados por otros miembros del Ayuntamiento como Agustín de Rivero y el marqués de Rayas; el secretario de Virrey, Manuel Velázquez de León y por aquellos criollos leales ante todo a su tierra natal, dirigieron un movimiento espontáneo y mal organizado para establecer un Congreso en México.

Astutos y mundanos, encontraron dignos contrarios entre los jueces y abogados de la Audiencia de México. Disgustó a la Audiencia que el virrey aceptase la petición del ayuntamiento y consideró una arrogancia el, que un pequeño grupo pretendiera representar a la nación; y así, en su calidad de Concejo de Estado advirtió a Iturrigaray que el ayuntamiento no tenía ni el derecho legal, ni el poder real para participar en las decisiones del gobierno.

Villaurrutia disentía con sus colegas de la Audiencia y en el Real Acuerdo del 21 de julio de 1808 emitió el único voto en contra. Mientras que a los jueces y abogados de la corona les preocupaba el apoyo del ayuntamiento al herético concepto de soberanía popular, Villaurrutia veía el peligro en otra parte.

Temía al Virrey quien estaba en posición de ejercer un poder sin límite, ya que no había en España autoridad para restringirlo y porque no estaba legalmente obligado a escuchar al Concejo ni de seguir las decisiones de la Audiencia ni de ningún otro organismo gubernamental de la Nueva España.

Villaurrutia insistía. en que la única forma de limitar ese poder, era mediante una junta nacional que cogobernaria al país con el Virrey, hasta que los Borbones regresaran al trono.

Villaurrutia, estaba de acuerdo con los objetivos de Azcárate y de Primo Verdad,aunque por distintas razones. El objetivo de estos últimos consistia en lograr participación en el gobierno, mientras que el de Villaurrutia era impedir que el Virrey actuase como monarca absoluto.

Francisco Primo Verdad fotos de archivo

Azcárate y Primo Verdad veían en Iturrigaray a un amigo y a un campeón;Villaurrutia,quien habia disputada
varias veces con el Virrey, lo tenia por un tirano en potencia.

El padre Talamantes no tenía vocero público y su único recurso era escribir o difundir sus ideas en privado.

El 23 de julio de 1808, dos días después de que la Audiencia se negó públicamente a tomar en cuenta la petición del ayuntamiento para que, en ausencia del rey, se consultase a todo el reino, Talamantes terminó un largo ensayo titulado “Ideas del Congreso Nacional de la Nueva España”.

Es interesante este ensayo porque la idea básica que proponía: una legislatura con poder absoluto e irrestringido, reaparecería seis años más tarde, cuando un grupo de insurgentes civiles redactó, en plena rebelión contra España, la primera constitución de México.

Según Talamantes, su ensayo fue fruto de largos años de estudio y meditación sobre “el grande y difícil arte de legislar y gobernar”.

Más adelante veremos que el plan de Talamantes estaba completamente divorciado de las realidades políticas de Nueva España en 1808, y demuestra que una vida entera dedicada al estudio y la meditación, no equivale a tener experiencia en la política y el gobierno.

Talamantes dividió su ensayo en dos partes: la primera habla de la composición del Congreso y la segunda detalla el programa, que según el mismo Talamantes, el Concejo debería seguir en cinco sesiones. Concebía un Congreso de 300 miembros, y es difícil imaginar cómo podría trabajar con armonía y eficacia un grupo tan numeroso y sin ninguna experiencia legislativa, lo cual hacía su plan nada práctico. Como el Congreso incluiría al Virrey, a miembros de la Audiencia y a muchos otros representantes de la burocracia real, a militares de alta Graduación, a miembros del alto clero y a representantes de cada Ayuntamiento de Nueva España, es obvio que los peninsulares predominarían sobre los criollos en una proporción de dos a uno.

Y no obstante, Talamantes esperaba que este Congreso declarara que, en vista de la conquista napoleónica, la Nueva España recuperaba su “primitivo y esencial derecho” y que la autoridad nacional residiría en el Congreso.

 Es decir, el fraile pretendía que la burocracia real de América declarara la independencia de Nueva España, basando su autoridad en la soberanía popular.

Una vez logrado lo anterior, el Congreso reconfirmaría los nombramientos existentes y haría otros nuevos; controlaría todas las rentas de Nueva España; ejercitaría el derecho de patrocinio real; despojaría a la Inquisición de algunos de sus poderes y se arrogaría la obligación de impedir la introducción de “ideas sediciosas” provenientes del extranjero, mediante la censura de la correspondencia y por último, el Congreso sería la más alta corte de apelación de América, en lugar del Rey y del Concejo de Indias.

Además de asumir todas las prerrogativas del rey y de guardar la llave de los caudales, Talamantes pensaba que este Congreso dominado por peninsulares permitiría el libre comercio y abrogaría todas las restricciones vigentes sobre la producción de mercurio, vinos, sedas, etc.

También proponía que pidiese ayuda militar y comercial a los Estados Unidos y que se solicitara de Inglaterra el envío de armas, dé una escuadrilla naval y de asistentes técnicos en obras de fortificación, todo con el Ostensible propósito de defender a la Nueva España de Napoleón.

Talamantes se olvidó del pretexto de que todos estos actos se realizarían con el único propósito de salvar a la nación española de la invasión napoleónica, cuando estipuló al final de su ensayo, que el Congreso no devolvería

 

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